jueves, 15 de noviembre de 2012

MATERIAL BÁSICO PARA EL MITO DEL REY ARTURO

José Miguel García de Fórmica-Corsi nos propone como material básico para el desarrollo de la Unidad Didáctica sobre el Rey Arturo, la película Excalibur (1981). Esta es la ficha de la película:



Título: Excalibur
Año: 1981
Director: John Boorman
Guión: John Boorman y Rospo Pallenberg, sobre La Muerte de Arturo, de T. Malory
Fotografía: Alex Thomson
Música: Trevor Jones y composiciones de Richard Wagner y Carl Orff
Dirección artística: Tim Hutchinson
Montaje: John Merritt
Duración: 140 min.
Reparto
Nicol Williamson: Merlín
Nigel Terry: Arturo
Nicholas Clay: Lanzarote
Helen Mirren: Morgana
Cherie Lunghi: Ginebra
Paul Geoffrey: Perceval
Gabriel Byrne: Uther Pendragon
Liam Neeson: Galván

Resumen
Un rótulo informa: «Las Edades Oscuras. La tierra estaba dividida y sin rey. En esos siglos lejanos surgió una leyenda, la del mago Merlín, la de la llegada de un Rey, la de la Espada del Poder». Aparece el título de la película: Excalibur.
El mago Merlín observa cómo Uther Pendragon, en la batalla, derrota a sus enemigos. Concluida ésta, Uther le pide a Merlín la espada que necesita para ser rey. De las profundidades del lago, una mano femenina hace emerger la espada Excalibur. Con ella, Uther es reconocido rey por todos. Su principal enemigo, el duque de Cornwall, lo agasaja en su castillo pero en la fiesta Uther siente un deseo irresistible por la esposa de su anfitrión, Ygraine, ante la danza desenfrenada con que los obsequia. Estalla de nuevo la guerra entre ambos rivales. Uther somete a asedio el castillo y, en su obcecación, le pide a Merlín que utilice sus poderes para permitirle pasar una noche con ella. El mago acepta a cambio de que el «fruto del pecado de tu lujuria sea mío». Esa noche, Merlín, otorga a Uther la apariencia de Cornwall, utilizando para ello, y por primera vez en la historia, el llamado Conjuro de la Creación. Mientras éste ataca su campamento (y muere en la lid), Uther se presenta en el lecho de Ygraine, con el rostro de su marido, y la posee. De todo ello es testigo la pequeña Morgana, hija de Cornwall e Ygraine, que ve la muerte de su padre y adivina la condición de intruso del hombre que acaba de llegar junto a su madre.
Vencedor Uther, contrae matrimonio con la viuda. Nueve meses después, nace un niño, y Uther, de acuerdo con su juramento, se lo entrega a Merlín. Arrepentido acto seguido, lo persigue por el bosque blandiendo su espada Excalibur, pero es emboscado por unos enemigos que lo matan, no sin antes clavar la espada sobre una roca. Al advertirlo, Merlín comprende que es un signo y lanza su profecía: «Aquél que arranque la espada de la piedra, se proclamará rey». Mira al pequeño que lleva en brazos, lo llama Arturo y le dice que él es el elegido.
Han pasado muchos años. En torno a la espada en la piedra ha surgido un asentamiento al que acuden caballeros de toda la tierra para tratar de arrancarla. Sir Hector, señor de Morven, acude con sus hijos Kay y Arturo, escudero de aquél. Los caballeros justan en un cercado y cuando uno vence se dirige a la roca e intenta, infructuosamente, extraerla. Cuando Kay se dispone a entrar en liza, Arturo advierte que ha olvidado su espada en la tienda. Al descubrir a unos rapaces robándola, para evitar el castigo busca una cualquiera y, sin darse cuenta de lo que hace, arranca Excalibur, olvidada mientras se realizan los combates. Los caballeros, asombrados, no quieren creer que un jovenzuelo imberbe lo haya hecho, y devuelven la espada a su lecho de piedra para que lo repita ante todos. Alguno intenta arrancarla, señalando que ahora es fácil, pero fracasan. Arturo lo hace de nuevo: sir Hector descubre ante todos que el muchacho no es su hijo, sino que se lo entregó el misterioso mago Merlín siendo un recién nacido. Justo entonces aparece Merlín, tomando al muchacho bajo su protección y señalándole cuál es su misión: «Tú eres la tierra y la tierra serás tú. Si fracasas, la tierra perecerá; si medras, florecerá, porque eres el rey»
La mayor parte de caballeros se niegan a admitir lo que ha sucedido. Vuelve a estallar la guerra en el país. Arturo se dirige a liberar al principal de sus partidarios, Leondegrance de Carmelida, del asedio a que es sometido en su castillo. En la batalla, tras derribar en combate singular al noble Uriens, éste le grita que no pueden reconocer como rey a quien no es más que un escudero. Arturo reconoce la verdad de esas palabras y en el acto entrega Excalibur a su rival, pidiéndole pidiendo con humildad que lo arme como caballero. La valentía del muchacho impresiona a todos, que reconocen que la sangre de Uther Pendragón debe correr por sus venas: entonces es proclamado rey.
Arturo es curado de sus heridas por Ginebra, la hija de Leondegrance, de quien se enamora. Al referirle a Merlín que un rey necesita a una reina, el mago enseguida ve no sólo que se casará con ella sino que «un amigo muy querido te traicionará», pero el embelesado Arturo no repara en esas palabras.
El rey y sus caballeros parten a pacificar el resto del país. Al llegar a un puente descubren que ante él se ha plantado un caballero de plateada armadura que exige ser derrotado en combate para dejar libre el paso. Se trata de Lanzarote del Lago. Arturo lo reta pero se deja dominar la ira ante lo que considera un desafío inadmisible. Al ver que el caballero no puede ser vencido, pide a Excalibur que otorgue mayor poder a su brazo: con tan ilegítima ayuda malhiere a Lanzarote pero al precio de romper la hoja de su espada. Merlín exclama: «has roto lo irrompible, has destruido la esperanza». Arturo, vuelto a la cordura, arroja la espada al río en el que ha vencido al rival, al que ahora reconoce más fuerte y noble, y clama arrepentimiento. Bajo las aguas, la Dama del Lago aparece portando de nuevo Excalibur, nuevamente restaurada. Lanzarote despierta y, admirado de haber sido derrotado por vez primera, pide a Arturo convertirse en su paladín. Ha nacido una amistad destinada a ser trágica.
Una noche iluminada por cientos de antorchas, Arturo y sus caballeros se reúnen para hacer recuento de todas sus victorias: el reino ha quedado pacificado y unificado de norte a sur y de este a oeste. Una tierra, un rey. Merlín interrumpe la euforia, recordando lo precarias que son las palabras de justicia y fraternidad entre los hombres. Arturo, conmovido, instituye allí mismo la Tabla Redonda y señala que en torno a ellos crecerá un castillo y una ciudad donde contraerá matrimonio con Ginebra.
Arturo envía a Lanzarote a escoltar a la futura reina hasta el altar: en el momento en que se ven, ambos se enamoran. Arturo y Ginebra se casan. Durante la celebración, Merlín es abordado por una joven que se identifica como Morgana, la hermanastra de Arturo, y le pide al mago que la eduque en las artes de la hechicería, para las que tiene desde pequeña una afinidad especial. Merlín, cansado, le dice que sus días están acabados y se queja de que un dios único viene a acabar con todos los dioses, con las fuerzas de la naturaleza: «llegó la Era del Hombre».
En una de sus salidas, Lanzarote es acechado por un jovenzuelo con aspecto campesino, al que, por su persistencia, acaba tomando como escudero: su nombre es Perceval. Camelot ya está en pie, pero Lanzarote vuelve para partir enseguida, una y otra vez, temiendo la atracción de Ginebra. La intrigante Morgana no pierde un gesto de ambos, y manipula al caballero Galván para que proclame, en el banquete, la causa de las ausencias del mejor de los miembros de la Tabla Redonda. En el subsiguiente juicio de Dios, puesto que Arturo, como rey y juez del reino, no puede defender en persona a la reina, será Lanzarote quien lo haga. El paladín vence pero a costa de graves heridas, de las que no desea sanar por la profunda tristeza que lo envuelve: Ginebra pide a Merlín que lo salve, para lo cual vuelve a pronunciar el Conjuro de la Creación.
Aunque Lanzarote intenta huir de la corte, Ginebra corre hacia él y finalmente se dejan arrastrar por su postergada pasión, en mitad del bosque. En el castillo, Arturo adivina lo sucedido. Pide consejo a Merlín pero éste le dice que los dioses le han retirado su poder y que, a partir de ese momento, deben separar sus caminos. Los dos amigos se despiden con emoción. En su marcha, Merlín encuentra a Morgana, que le pide que le enseñe, por fin, el Conjuro de la Creación. El mago, displicente, la conduce a una caverna subterránea (las «entrañas del dragón»), donde se cruzan pasado, presente y futuro. Mientras Arturo sorprende a los dos amantes, desnudos y entrelazados en el bosque, y clava entre ellos Excalibur como testimonio desgarrado de su traición, Merlín —afectado por el dolor que esa espada clavada en la tierra ha provocado en el dragón (en la naturaleza)— deja escapar de sus labios el Conjuro, que enseguida Morgana utiliza para encerrarlo en una prisión de cristal.
Lanzarote despierta y al ver la espada grita: «¡El rey sin espada, la tierra sin rey!», y sale corriendo, dejando a Ginebra tras él. En el mismo momento, Morgana llega hasta el lecho de Arturo y, adoptando la forma de Ginebra, consigue que aquél engendre un hijo en ella. Será Mordred, destinado a ser la perdición de su padre y del reino.
El país se agosta, cayendo sobre él un invierno perpetuo, cumpliéndose así la profecía de Merlín de que si el rey fracasa, la tierra perecerá. Arturo, prematuramente envejecido, sin fuerzas para levantarse de su trono, envía a sus caballeros de la Tabla Redonda por todos los rincones del mundo en busca de lo único que puede revitalizarlos: el Santo Grial. Todos se dispersan, embarcados en una empresa en la que van pasando los años sin resultado alguno y en la que muchos van pereciendo. En un bosque sombrío, Perceval encuentra a un niño de dorada armadura que lo conduce hasta un árbol del que penden muchos caballeros muertos. El niño es Mordred y lo lleva hasta su madre, Morgana, que intenta convertirlo en su esclavo inanimado, convenciéndolo de que el Grial no existe. Perceval resiste y acaba colgado en el mismo árbol. Por azar (por destino), su cuerda es cortada por la espuela de otro caballero que cuelga por encima de él y es liberado. Justo entonces tiene una visión: llega a un castillo, en el que flota un cáliz, el Grial, del que se vierte sangre. Una voz le pregunta cuál es el secreto del cáliz y a quién sirve. Perceval, asustado, huye. Ha fracasado en el momento de la verdad, y lo sabe.
Siguen pasando los años. Mordred ha crecido y marcha ante su padre a reclamar lo que es suyo, la Corona. «Merécelo», le responde el fatigado Arturo.
El errante Perceval ve cabalgar el ejército de Mordred, dando caza a Uriens, sin que pueda hacer nada. Un grupo de penitentes aparece, con un hombre de largas greñas a su frente clamando contra los caballeros que han traído la perdición al reino, provocando el abandono de Cristo. En él, Perceval reconoce a Lanzarote. Arrojado al río por la furia de Lanzarote y los penitentes, medio ahogado por el peso de su armadura, de la que ha de despojarse, un Perceval desnudo emerge del agua, negándose a perder la esperanza como hizo su antiguo señor, y entonces vuelve a tener la visión del Grial. Esta vez sí responde al enigma: la voz que lo interpela es la del mismo Arturo, y el secreto es que «vos y vuestra tierra sois uno». Perceval lleva el Grial al rey y, cuando éste bebe de él, renacen sus energías. Exclama: «He vivido demasiado a través de otros. Lanzarote se llevó mi honor y Ginebra mi culpa. Mordred pagó mis pecados y mis caballeros lucharon por mi causa. Ahora sabré ser rey», y se dispone a encabezar a sus hombres para la batalla final contra Mordred.
Arturo y sus caballeros cabalgan hacia la batalla, y la naturaleza vuelve a florecer a su paso. En un convento, el rey se reencuentra con Ginebra, que desde su infidelidad profesa en él, y le pide su perdón. Ella le entrega la espada Excalibur, que ha guardado desde aquel día.
Los dos ejércitos se disponen para la batalla que tendrá lugar al despuntar el día. Arturo pasea hasta el monumento de grandes piedras que separa el campo entre los rivales e invoca a su viejo amigo Merlín, pidiendo que vuelva junto a él en esa hora del destino. Desde su encierro, Merlín despierta y responde al llamado desde los sueños: todos los caballeros lo sienten del mismo modo. El espíritu del mago, sin ser visto, atraviesa las filas de Mordred y llega a la tienda de Morgana, haciendo que ella misma, sin advertirlo, pronuncie de nuevo el Conjuro. Su efecto es desatar una enorme niebla (que brota de su propia boca) sobre el campo de batalla y que consume la eterna juventud de que se había dotado. Al entrar en su tienda y descubrir a semejante espantajo llamándole «hijo», Mordred la asesina.
La batalla estalla entre la niebla, provocando una enorme carnicería en los dos bandos. En el momento más apurado, aparece de nuevo Lanzarote, muriendo después de reconciliarse con su amigo. Pero el resultado ha sido dantesco: sólo sobreviven Arturo y Perceval, de un lado, y Mordred, del otro. Padre e hijo se enfrentan en combate singular y cada uno atraviesa al otro con su arma. En su agonía, Arturo entrega su espada a Perceval y le encomienda que la arroje al lago y regrese. Ante las aguas, Perceval es incapaz de hacerlo. Vuelve con el rey, intentando convencerlo de que la espada debe guardarse, pero éste le dice que haga como le ha pedido: «Un día volverá un rey y la espada resurgirá de las aguas». Perceval retorna al lago; arroja Excalibur con todas sus fuerzas y una mano femenina que surge de su seno la recoge. Otra vez retorna Perceval pero ya no encuentra a Arturo: en el horizonte se recorta una embarcación y en ella, el caballero vislumbra a tres damas guardando el cuerpo del rey, perdiéndose hacia el horizonte.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL MITO DE EDIPO


            “Edipo es hijo de Layo y de Yocasta y, por tanto, nieto de Lábdaco. Su ascendencia se remonta hasta el propio Cadmo, fundador de Tebas. La leyenda de Edipo adquirió tal celebridad que llegó a constituir el tema de un poema épico perdido para nosotros. Ya en el canto XI de la Odisea aparece Epicaste (así llama Homero a Yocasta) entre las heroínas entrevistadas por Odiseo en su bajada a las mansiones subterráneas. No obstante, han sido los trágicos griegos quienes han desarrollado con mayor profusión el mito de Edipo.
            En la versión más difundida, Edipo aparece amenazado por un vaticinio desfavorable, incluso antes de nacer. En efecto, el oráculo de Apolo en Delfos había anunciado a Layo que el hijo nacido de su esposa estaba destinado a matar a su padre. En consecuencia, tan pronto como nació el niño, Layo, tras traspasarle con un clavo los talones y unírselos con una correa (se creía que el nombre de Edipo significaba en griego “pies hinchados”), lo entregó a uno de sus pastores con la orden de exponerlo en el monte Citerón. Los pastos de este monte eran frecuentados tanto por los pastores de Tebas como por los de Corinto. Uno de éstos, Melibeo de nombre, encontró al niño y lo entregó a los reyes de su país, Pólibo y Mérope, quienes lo criaron como si fuere su propio hijo. Al llegar a la edad viril, Edipo visitó el oráculo de Apolo en Delfos para informarse de su destino. El oráculo le respondió que estaba destinado a matar a su padre y casarse con su madre. Horrorizado ante tal respuesta, decidió Edipo evitar esta suerte alejándose de los que creía sus verdaderos padres. En su huida se encontró con Layo en una encrucijada de caminos y, al no querer ceder el paso, se produjo un altercado en el que perdieron la vida el rey y todos sus servidores, excepto uno. Empezaba así a cumplirse el oráculo. Más tarde llegó Edipo a Tebas, donde la Esfinge (monstruo con cabeza de mujer, cuerpo de león y alas) tenía aterrorizada a la población proponiendo enigmas y devorando a los que eran incapaces de resolverlos. El enigma que solía proponer era el siguiente: “¿Cuál es el ser que tiene cuatro pies por la mañana, dos al mediodía y tres por la noche, pero que, contrariamente a la generalidad de los seres existentes, es tanto menos rápido cuantos más pies utiliza al caminar?” Edipo respondió que se refería al hombre, que utilizaba cuatro pies mientras andaba a gatas y tres en la vejez al usar bastón. La Esfinge, entonces, se suicidó arrojándose desde la alta roca en que solía asentarse. Hay una versión de la leyenda en la que era el propio Edipo quien daba muerte al monstruo.
            Como reconocimiento al favor que había dispensado a la ciudad, los Tebanos lo elevaron al trono y le entregaron en matrimonio a la reina viuda, Yocasta. Se cumplía así totalmente el oráculo que Edipo trataba de evitar.

            Al abatirse durante su reinado una peste sobre Tebas, Edipo envía a consultar al oráculo de Apolo en Delfos a su cuñado Creonte, quien regresa con la respuesta de que aquélla no cesará hasta que haya sido desterrado de la ciudad el asesino de Layo. Edipo, al oírla, maldice al culpable sin sospechar que es él mismo, y hace llamar al adivino Tiresias, quien, conocedor de la tragedia, trata de ocultar la respuesta que, finalmente, habrá de dar presionado por el monarca. Edipo no puede creer lo que oye y piensa en una conjura preparada por Creonte. Yocasta trata de ayudarle descubriendo aquel antiguo oráculo que aseguraba que Layo moriría a manos de su hijo. Pero Layo había sido muerto por unos bandidos en una encrucijada de caminos, según había asegurado uno de los servidores del rey que había conseguido salvar la vida. Edipo se turba. Decidido a averiguar la verdad hace venir del campo al servidor que acompañaba a Layo en aquella ocasión. Los acontecimientos se precipitan. De Corinto llega un emisario para notificarle que ha muerto Pólibo y que por tanto debe ir a ocupar el trono. Edipo dice que no quiere acercarse a su madre por temor a que se cumpla parte del oráculo. El emisario, pretendiendo tranquilizarlo, le asegura que no hay nada que temer, porque Mérope no es su verdadera madre, ya que él mismo lo había recogido en un monte. La angustia se abate sobre Edipo. Ya sólo falta que llegue el servidor que ha sido avisado para acabar de confirmar la terrible sospecha. Yocasta, al comprender que ha cometido incesto con Edipo, entra silenciosa en el palacio para suicidarse. Edipo, abatido, perfora sus ojos con unos alfileres y parte para el destierro de la mano de la más pequeña de sus hijas, Antígona. Ella le guiará hasta Colono, en el Ática, donde es acogido hospitalariamente por Teseo. Aquí muere Edipo, no sin antes haber maldecido a sus hijos Eteocles y Polinices.”

Falcón Martínez, C., Fernández-Galiano, E., y López Melero, R.: Diccionario de mitología clásica, vol 1, pp. 195-197.                   

viernes, 9 de noviembre de 2012

GÉNESIS DE LA LEYENDA ARTÚRICA



 

Cuando nos acercamos a la leyenda artúrica con la pretensión de conocer con más profundidad su génesis y desarrollo, nos tropezamos con un hecho realmente fascinante: se trata, por usar una expresión inglesa que resume la idea mucho mejor que su traducción en español, de una legend in progress. Ese conjunto de personajes y elementos que habíamos conocido en distintas historias no posee una formulación «canónica» o definitiva: no hay un Mito central, una novela fundamental, una fuente A de la que parten todas las demás fuentes B, C o D. Bien al contrario, la leyenda artúrica es el resultado de un largo proceso de elaboración y conjunción, que bebe de fuentes históricas, mitológicas y literarias por igual (aunque, dependiendo del estudioso, la interpretación intente dar prioridad a uno de esos caminos por encima de los otros).


Los especialistas artúricos remontan el origen del mito al turbulento periodo de transición entre la marcha de las legiones romanas de Britania (por el Edicto de Honorio, de 410) y la consolidación de las invasiones sajonas. Ese siglo V es también conocido en la historiografía inglesa como las Dark Ages, las Edades Oscuras, un tiempo de tinieblas que se conoce poco y mal, fundamentalmente a partir de crónicas y anales redactados mucho tiempo después: la Historia ecclesiastica gentis anglorum, de Beda el Venerable (primer tercio del siglo VIII) o la Crónica anglo-sajona (conjunto de anales datados entre el siglo V y el IX).


La primera obra que se cita, de cara a la creación del mito, sin embargo, no es propiamente histórica sino apologética: De excidiu et conquestu Britanniae (Sobre la ruina y el lamento de Britania), escrita a mediados del siglo VI por el monje britano Gildas. Se trata más bien un sermón en el que motiva la invasión anglosajona como un castigo divino por los vicios del pueblo británico. En ella, menciona una gran victoria de los britanos frente a los invasores en la batalla de Mons Badonicus; las tropas britanas son lideradas por un caudillo al que da el nombre de Ambrosio Aureliano, britano-romano de noble familia.

Ese borroso personaje y esa aún más borrosa batalla son la piedra sobre la que se cimenta la hipótesis histórica del mito. Una obra dos siglos posterior, la Historia Brittonum, escrita hacia 830 (y atribuida tradicionalmente al monje Nennio), contiene la primera referencia en lengua latina a Arturo, que es ahora el caudillo que vence en esa batalla, la cual, además, pertenece a un conjunto de doce (número siempre sospechoso en fuentes cristianas medievales, por su carácter simbólico) combates entablados contra los sajones. No se le menciona como rey sino como dux bellorum, expresión traducible, quizás, como jefe guerrero o líder en las batallas: la especialista Gloria Torres Asensio[1], sin embargo, señala que tal denominación no excluye el carácter regio de ese Arturo, sino que  puede esconder sencillamente una traducción al latín del concepto britano de bretwalda, título que señala al rey que en determinadas ocasiones recibía el mando supremo temporal por parte de otros soberanos. Según la profesora, Arturo además es mencionado como un personaje ya conocido que no necesita presentación, lo que indica que el autor de la Historia no inventó el personaje, que debía gozar de una cierta fama previa.


A esa vertiente histórica del personaje hay que añadir el magma aportado por los poemas y cuentos del acervo céltico sobre el que se impuso, primero, la dominación anglosajona y, después, la conquista normanda. Los antiguos britanos se habían fragmentado territorialmente, en función del devenir de las invasiones, en tres grupos: los britanos del norte (sur de Escocia y norte de Inglaterra, en términos geográficos actuales), los britanos galeses y los emigrados a la península armoricana que debido a sus nuevos habitantes pasaría a ser llamada la Pequeña Bretaña. Unidos inicialmente por una lengua común, con sus variantes, estos pueblos desarrollarían una tradición literaria oral emparentada con el conjunto céltico que también tenía lugar en Irlanda y que si ha sobrevivido es por la labor de translatio al lenguaje escrito que llevaron a cabo monjes irlandeses, galeses y bretones a partir de los siglos XI y XII.

Los textos, sobre todo galeses (tanto poemas como obras en prosa, pertenecientes a los famosos Mabinogion), ya hacen mención de Arturo (definitivamente rey), de su espada Kaledvwlch (de caled, «duro», y vwulch, «cortadura»), después latinizada como Caliburna, de sus principales caballeros, Keu y Bedwer (después Kay y Bediver, senescal y copero respectivamente en la corte artúrica), de Myrddin, mago-vate-bardo sobre el que luego se formulará la figura indispensable de Merlín... Especialistas celtófilos como Jean Markale[2], por supuesto, consideran que éste es el sustrato principal sobre el que se forjará la literatura artúrica posterior, interpretando siempre ésta como trasposiciones más o menos claras de subterráneos mitos célticos.

En cualquier caso, la creación literaria que otorgaría carta de naturaleza al mito artúrico fue la Historia de los reyes de Britania, escrita por el clérigo galés Geoffrey de Monmouth hacia 1136. Bajo la apariencia de una crónica histórica «seria», Geoffrey relata en su obra la historia de los britanos desde su primer rey (nada menos que Bruto, bisnieto de Eneas, que otorgaba pues la pátina clásica a la genealogía británica) hasta los tiempos de decadencia en manos de los sajones. El espacio dedicado al rey Arturo es sólo un tercio del libro, pero sin duda es el más conocido, no en vano convierte a ese personaje de vaga urdimbre histórico-mitológica en un soberano de refulgente esplendor, dominador no sólo de Britania sino de la Galia y de Europa septentrional. En la obra de Geoffrey ya se encuentra bien delimitado el mito: el mago Merlín; la concepción de Arturo gracias a un hechizo de aquél que otorga a su padre, Úter, una falsa apariencia para engañar a Igerna, esposa del duque de Cornualles; la reina Ginebra; la traición de su sobrino Mordred (reconvertido después en su propio hijo ilegítimo); la batalla final donde perece la mayor parte de la caballería artúrica, y la misteriosa marcha final del malherido rey a la isla de Avalón, clave de la llamada «esperanza bretona» que sustenta parte del atractivo de la leyenda: el rey Arturo volverá desde ese más allá mágico cuando Inglaterra lo necesite; incluso cuando años después, los monjes de la abadía de Glastonbury, por razones de prestigio, elaboraron un montaje en torno al supuesto hallazgo de las tumbas de Arturo y su esposa, en la lápida de éste hicieron grabar la expresión «Hic iacet Arthurus, rex quondam rexque futurus» («Aquí yace Arturo; fue rey otrora y lo será en el futuro»)[3].

Pese a que la historia artúrica está ubicada en tierras inglesas, habla de glorias inglesas y los primeros forjadores del mito radicaron en Inglaterra, sin embargo su elaboración literaria posterior, la que realmente acabaría por sellar los elementos fundamentales de la leyenda y la situaría en la primera fila del éxito, tuvo lugar en Francia, donde recibiría el nombre de la materia de Bretaña.

El primer eslabón le corresponde a Robert Wace, traductor en 1155 de la Historia de Geoffrey desde el latín al francés, desde la prosa al verso (bajo la forma de octosílabos pareados), con el título de Roman de Brut. Esta translatio desde un idioma ya no comprensible para las élites no eclesiásticas obró la fortuna de la historia: prueba de ello es que su retorno a la isla de origen, en inglés, se  hiciera a partir de una traducción de la traducción de Wace, a principios del siglo XIII. Wace, de acuerdo con el principio medieval de que las historias y leyendas podían ser libremente reelaboradas, no se limita a una mera traducción, sino que amplifica el original e introduce nuevos elementos. Uno de ellos sería esencial para el mito: la creación de la Tabla Redonda.

La obra de Wace fue acogida de muy buen grado en la corte de Enrique II y Leonor de  Aquitania: los Plantagenet patrocinarían la difusión del mito artúrico, no en vano la imagen de ese Arturo que había dominado la Galia servía como inmejorable propaganda para unos soberanos que tenían extensas posesiones en el continente (Aquitania, Normandía) y que mantenían una ambigua relación feudal con los reyes de Francia, quienes a su vez basaban gran parte de su prestigio en su descendencia de otro soberano de leyenda, Carlomagno.

Un par de décadas después, un escritor cortesano, Chrétien de Troyes, crea la imagen definitiva del mundo artúrico, configurando un ambicioso proyecto imaginario destinado a la élite cortesana que encargaba y leía sus obras. En títulos como El Caballero del León o El Caballero de la Carreta, Chrétien expone una estructura narrativa que hará fortuna: el rey Arturo deja de ser el gran monarca guerrero de las obras en latín para convertirse en el gran señor fainéant cuyos caballeros parten para resolver las aventuras que se plantean ante la Corte. En su última obra, que quedó inacabada por su muerte, El cuento del Grial, Chrétien creó uno de los emblemas imperecederos de la leyenda: el Grial, un recipiente todavía indeterminado que se le aparece al protagonista de la novela, el joven Perceval, en el castillo de un monarca tullido, el Rey Pescador, formando parte de un misterioso cortejo integrado también por una lanza que sangra. El misterio no será resuelto en ese momento por Perceval (deja pasar el cortejo sin preguntar su significado: al contrario que en los recursos típicos del género, el fracaso va a residir no en la derrota de una acción sino en la propia inacción, en el hecho de no haber formulado la pregunta).



Del éxito de su roman inacabado da fe el hecho de que en las décadas siguientes fuera objeto de hasta cuatro continuaciones, en el curso de alguna de las cuales el objeto empieza a evolucionar a lo que luego será. Otros autores escriben su propia versión del tema, alcanzando especial calidad el Perlesvaus o el Alto Libro del Grial, novela anónima en francés, y sobre todo el Parzival del alemán Wolfram von Eschenbach, obra sobre la cual el músico Wagner compondría su Parsifal.

Los continuadores franceses de Chrétien convertirán el Grial en el centro de la leyenda artúrica. El caballero Robert de Boron, en las décadas iniciales del siglo XIII, es el primero en acercarse a ella con la pretensión de dedicar un ciclo compuesto por varias obras, a lo largo de las cuales la historia de Arturo y sus caballeros pasa a convertirse en una parábola de la historia de la Salvación al girar toda ella en torno al Grial. Objeto que se define ya como el cáliz de la Última Cena donde fue recogida la sangre que Cristo derramó en la crucifixión (es decir, se convierte ya para siempre en el Santo Grial). La Tabla Redonda deja de ser una mera orden de caballería para constituirse en la prolongación en el tiempo de la mesa de la Última Cena. Uno de los elementos introducidos por el caballero Boron tendrá especial fortuna en la iconografía artúrica: se trata de la espada que aparece clavada en el yunque y que revelará la legitimidad del joven Arturo para ostentar la corona de Inglaterra.

Con Robert de Boron, por lo tanto, el mito artúrico se reviste de fuertes connotaciones cristianas, que cristalizarán definitivamente con el siguiente eslabón de la cadena: la llamada Vulgata, el magno ciclo, ya en prosa, que contiene todo el desarrollo de la historia de Arturo y sus caballeros desde la misma Pasión de Cristo y la historia del Santo Grial hasta la batalla final en que perece la caballería artúrica. La Vulgata está compuesta por cinco obras que culminan el proyecto de ciclo (sólo esbozado) por Robert de Boron, elaboradas entre 1215 y 1230. El núcleo más importante y de mayor éxito (del que da fe el gran número de manuscritos conservados) es el llamado Lanzarote en prosa, compuesto por tres obras: el Lanzarote propiamente dicho, La búsqueda del Santo Grial y La muerte del rey Arturo. La Vulgata es una obra anónima, pero los estudiosos consideran que, con llevar la mano de escritores distintos, sin duda se observa que existió una coordinación entre todos ellos, lo que el experto Jean Frappier denomina una «arquitectura común»[4].


El éxito de la Vulgata no detendría el flujo de re-elaboraciones; de hecho, apenas una veintena de años después, un autor desconocido que por razones de prestigio usurpa el nombre de Robert de Boron recompone el ciclo del Grial (los expertos le han dado el nombre de Post-Vulgata), si bien de su empeño apenas ha sobrevivido una de sus partes, centrada en el mago Merlín.

Una obra culminaría toda la literatura artúrica y en cierto modo le pondría fin: La Morte Darthur (La muerte de Arturo), escrita por Thomas Malory, caballero inglés de muy agitada vida (murió en la cárcel), publicada en 1485, ya en pleno crepúsculo de la Edad Media. Despojada del misticismo cristiano que había alcanzado la Vulgata, dueña de un sentido áspero del realismo y una notable cualidad trágica, La muerte de Arturo sintetiza la historia del rey Arturo, a partir en casi todo momento de las obras anteriores (si bien prescinde de la introducción sobre el Grial), desde el instante en que Úter Pendragón lo engendra gracias a las artes de Merlín hasta la batalla final en el llano de Salesbières, incluyendo a modo de summa la práctica totalidad de personajes e incidencias que habían ido uniéndose a la leyenda: los amores de Lanzarote y Ginebra; la búsqueda del Grial culminada por Galaad (el caballero puro, hijo de Lanzarote); los amores de Tristán e Isolda; la traición de Mordred, etc. Del mismo modo que Don Quijote puso fin a la moda de los libros de caballerías en España, el éxito de la obra de Malory puso fin al ciclo artúrico medieval. Llegaban nuevos tiempos y las historias artúricas poco a poco irían cayendo en el olvido: desde 1634 no habría ediciones de La muerte de Arturo. Sería ya en el siglo XIX, en pleno apogeo del Romanticismo, cuando los nobles caballeros de la Tabla Redonda serían recuperados del olvido en que durante varios siglos, como Merlín en su prisión de cristal, habían permanecido.






[1] Torres Asensio, G.: Los orígenes de la literatura artúrica. Edicions de la Universitat de Barcelona, 2003 (pg. 76-77).



[2] En español, José J. de Olañeta ha publicado algunos de sus ensayos artúricos, en los cuales expone sobradamente sus tesis; por ejemplo, en Lanzarote y la caballería artúrica. José J. de Olañeta, 2001.



[3] Trad. de L.A. de Cuenca y C. Alvar en: Chrétien de Troyes: El caballero de la carreta. Alianza, 1998. (prólogo).



[4] Aragón, Mª. A.: Literatura del Grial. Síntesis, 2003

martes, 6 de noviembre de 2012

EL ANDRÓGINO

 

            Es preciso que conozcáis la naturaleza humana y las modificaciones que ha sufrido, ya que nuestra antigua naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a la forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino un nombre que yace en la ignonimia. En segundo lugar, la forma de cada persona era redonda en su totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás como uno puede imaginarse a tenor de lo dicho. Caminaba también recto como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera; pero cada vez que se lanzaba a correr velozmente, al igual que ahora los acróbatas dan volteretas circulares haciendo girar las piernas hasta la posición vertical, se movía en círculo rápidamente apoyándose en sus miembros que entonces eran ocho. Eran tres los sexos y de estas características, porque lo masculino era originariamente descendiente del sol, lo femenino, de la tierra y lo que participaba de ambos, de la luna, pues también la luna participa de uno y de otro. Precisamente eran circulares ellos mismos y su marcha, por ser similares asus progenitores. Eran también extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Esfialtes y de Oto se dice también de ellos: que intentaron subir hasta el cielo para atacar a los dioses. Entonces, Zeus y los demás dioses deliberaban sobre qué debían hacer con ellos y no encontraban solución. Porque no podían matarlos y exterminar su linaje, fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues entonces se les habrían esfumado también los honores y sacrificios que recibían de parte de los hombres, ni podrían permitirles tampoco seguir siendo insolentes. Tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, Zeus: «Me parece que tengo el medio de cómo podrían seguir existiendo los hombres y, a la vez, cesar de su desenfreno haciéndolos más débiles. Ahora mismo», dijo, «los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más numerosos. Andarán rectos sobre dos piernas y si nos parece que todavía perduran en su insolencia y no quieren permanecer tranquilos, de nuevo», dijo, «los cortaré en dos mitades, de modo que caminarán dando saltos sonre una sola pierna». Dicho esto, cortaba a cada individuo en dos mitades, como los que cortan las serbas y las ponen en conserva o como los que cortan los huevos con crines. Y al que iba cortando ordenaba a Apolo que volviera su rostro y la mitad de su cuello en dirección al corte, para que el hombre, al ver su propia división, se hiciera más moderado, ordenándole también curar lo demás. Entonces, Apolo volvía el rostro y, juntando la piel de todas partes en lo que ahora se llama vientre, como bolsas cerradas con cordel, la ataba haciendo un agujera en medio del vientre, lo que llamaban precisamente ombligo. Alisó las otras arrugas en su mayoría y modeló también el pecho con un instrumento parecido  al de los zapateros cuando alisan sobre la horma los pliegues de los cueros. Pero dejó unas pocas en torno al vientre mismo y al ombligo, para que fueran un recuerdo del antiguo estado. Así, pues, una vez que fue seccionada en dos la forma original, añorando cada uno su propia mitad se juntaba con ella y rodeándose con las manos y entrelazándose unos con otros, deseosos de unirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de absoluta inacción, por no querer hacer nada separados unos de otros. Y cada vez que moría una de las mitades y quedaba la otra, la que quedaba buscaba otra y se enlazaba con ella, ya se tropezara con la mitad de una mujer entera, lo que ahora precisamente llamamos mujer, ya con la de un hombre, y así seguían muriendo. Compadeciéndose entonces Zeus, inventa otro recurso y traslada sus órganos genitales hacia la parte delantera, pues hasta entonces también éstos los tenían por fuera y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras. De esta forma, pues, cambió hacia la parte frontal sus órganos genitales y consiguió que mediante éstos tuviera lugar la generación en ellos mismos, a través de lo masculino en lo femenino, para que, si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie humana, pero, si se encontraba varón con varó, hubiera, al menos, satisfacción de su contacto, descansaran, volvieran a sus trabajos y se preocuparan de las demás cosas de la vida. Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana. Por tanto, cada uno de nosotros es un símbolo de hombre, al haber quedado seccionado en dos de uno solo, como los lenguados. Por esta razón, precisamente, cada uno está buscando siempre su propio símbolo. En consecuencia, cuantos hombres son sección de aquel ser de sexo común que entonces se llamaba andrógino son aficionados a las mujeres, y pertenece también a este género la mayoría de los adúlteros; y proceden también de él cuantas mujeres, a la vez, son aficionadas a los hombres y adúlteras. Pero cuantas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha atención a los hombres, sino que están más inclinadas a las mujeres, y de este género proceden también las lesbianas. Cuantos, por el contrario, son secciones de varón, persiguen a los varones y mientras son jóvenes, al ser rodajas de varón, aman a los hombres y se alegran de acostarse y abrazarse; éstos son los mejores de entre los jóvenes y adolescentes, ya que son los más viriles por naturaleza. Algunos dicen que son unos desvergonzados, pero se equivocan. Pues no hacen esto por desvergüenza, sino por audacia, hombría y masculinidad, abrazando lo que es similar a ellos.  Y una gran prueba de esto es que, llegados al término de su formación, los de tal naturaleza son los únicos que resultan valientes en los asuntos políticos. Y cuando son ya unos hombres, aman a los mancebos y no prestan atención por inclinación natural a los casamientos ni a la procreación de hijos, sino que son obligados por la ley, pues les basta vivir solteros todo el tiempo en mutua compañía. Por consiguiente, el que es de tal clase resulta, ciertamente, un amante de mancebos y un amigo del amante, ya que siempre se apega a lo que le está emparentado. Pero, cuando se encuentran con aquella auténtica mitad de sí mismos tanto el pederasta como cualquier otro, quedan entonces maravillosamente impresionados por afecto, afinidad y amor, sin querer, por así decirlo, separarse unos de otros ni siquiera por un momento. Éstos son los que permanecen unidos en mutua compañía, a lo largo de toda su vida, y ni siquiera podrían decir qué desean conseguir realmente unos de otros. Pues a ninguno se le ocurriría pensar que ello fuera el contacto de las relaciones sexuales y que, precisamente por esto, el uno se alegra de estar en compañía del otro con tan gran empeño. Antes bien, es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar, si bien adivina lo que quiere y lo insinúa enigmáticamente. Y si mientras están acostados juntos se presentara Hefesto con sus instrumentos y les preguntara: «¿Qué es, realmente, lo que queréis, hombres, conseguir uno del otro», y si al verlos perplejos volviera a preguntarles: «¿Acaso lo que deseáis es estar juntos lo más posible el uno del otro, de modo que ni de noche ni de día os separéis el uno del otro? Si realmente deseáis esto, quiero fundiros y soldaros en uno solo, de suerte que siendo dos lleguéis a ser uno, y mientras viváis, como si fuerais uno solo, viváis los dos en común y, cuando muráis, también allí en el Hades seáis uno en lugar de dos, muertos ambos a la vez. Mirad, pues, si deseáis esto y si estaréis contentos si lo conseguís». Al oír estas palabras, sabemos que ninguno se negaría ni daría a entender que desea otra cosa, sino que simplemente creería haber escuchado lo que, en realidad, anhelaba desde hacía tiempo: llegar a ser uno solo de dos, juntándose y fundiéndose con el amado. Pues la razón de esto es que nuestra antigua naturaleza era como se ha descrito y nosotros estábamos íntegros. Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad. Antes, como digo, éramos uno, pero ahora, por nuestra iniquidad, hemos sido separados por la divinidad, como los arcadios por los lacedemonios. Existe, pues, el temor de que, si no somos mesurados respecto a los dioses, podamos ser partidos de nuevo en dos y andemos por ahí como los que están esculpidos en relieve en las estelas, serrados en dos por la nariz, convertidos en téseras. Ésta es la razón, precisamente, por la que todo hombre debe exhortar a otros a ser piadosos con los dioses en todo, para evitar lo uno y conseguir lo otro, siendo Eros nuestro guía y caudillo. Que nadie obre en su contra –y obra en su contra el que se enemista con los dioses-, pues si somos sus amigos y estamos reconciliados con el dios, descubriremos y nos encontraremos con nuestros propios amados, lo que ahora consiguen sólo unos pocos. Y que no me interrumpa Erixímaco para burlarse de mi discurso diciendo que aludo a Pausanias y a Agatón, pues tal vez también ellos pertenezcan realmente a esta clase y sean ambos varones por naturaleza. Yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser plenamente feliz si lleváramos el amor a su culminación y cada uno encontrara el amado que le pertenece retornando a su antigua naturaleza. Y si esto es lo mejor, necesariamente también será lo mejor lo que , en las actuales circunstancias, se acerque más a esto, a saber, encontrar un amado que por naturaleza responsa a nuestras aspiraciones. Por consiguiente, si celebramos al dios causante de esto, celebraríamos con toda justicia a Eros, que en el momento actual nos procura los mayores beneficios por llevarnos a lo que nos es afín y nos proporciona para el futuro las mayores esperanzas de que, si mostramos piedad con los dioses, nos hará dichosos y plenamente felices, tras restablecernos en nuestra antigua naturaleza y curarnos.

 

Platón.: Diálogos III, Banquete (189b-193d), trad. de M. Martínez Hernández, Gredos, BCG nº 93, Madrid, 1986.

 


jueves, 1 de noviembre de 2012

LA SELECCIÓN DE FIGURAS MÍTICAS PARA NUESTRAS UNIDADES DIDÁCTICAS


·         Una vez finalizado el plazo para hacer propuestas de trabajo de las unidades didácticas, sobre las tres temáticas elegidas, y haciendo una síntesis de las mismas, estos son los protagonistas de cada una de ellas:

1. Primer ciclo de la ESO (“héroes”): como hilos conductores aparecen los mitos el Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, y la historia del Minotauro y el laberinto, su constructor Dédalo, y el héroe Teseo.


2.
Segundo ciclo de la ESO (“el amor”): como hilos conductores aparecen los mitos del andrógino de Platón, el mito de Don Juan, y el mito de Carmen. El primero permitirá abordar las relaciones entre amor y sexo, el segundo, la perspectiva masculina en este contexto, y el tercero, la perspectiva femenina.

3. Bachillerato (“el destino”): como hilos conductores aparecen los mitos clásicos de Edipo y Sísifo.

 ·         Cada uno de los componentes del Grupo de Investigación se vinculará, al menos, a una de las Unidades Didácticas. Es, por tanto, imprescindible que comuniquéis, en breve, esta circunstancia al Coordinador (e-mail: guardiolairanzo@telefonica.net), así como vuestro plan de trabajo y, en su caso, vuestra propuesta de actividades.

 ·         También hay que elaborar una actividad común para todas las Unidades sobre la naturaleza de los mitos y, en su caso, el proceso de mitificación.

·         Propongo trabajar cuatro aspectos fundamentales de cada uno de los mitos seleccionados (y los que se pudieran aportar como complemento):


1.    El relato del mito.

2.    Iconografía del mito y manifestaciones artísticas relacionadas con el mismo.

3.    Intención o funciones del mito.

4.    La presencia del mito en el mundo actual.

 

Salud y alegría.

 

Rafael Guardiola Iranzo

LA PROBLEMÁTICA DEFINICIÓN DE LA PALABRA “MITO”


                En la introducción al libro Diccionario de los Mitos[i], Carlos García Gual intenta ofrecer, con cautela, una definición provisional de la palabra “mito”. “El término “mito” –afirma- se aplica a algo que parece ser extraordinario, fabuloso, ejemplar y memorable, aunque tal vez poco objetivo, y exagerado, fastuoso y falso” (…) “Lo mítico aparece aureolado de un halo de fantasía y elevado al ámbito de lo imaginario, y puede así ejercer un mágico y poderoso encanto sobre nuestra actitud frente al mundo (Puesto que somos, más que realistas, seres emotivos, imaginativos y memoriosos)”[ii]. Platón nos previene frente al peligro de la seducción enigmática de los mitos, emparentados con “el ámbito seductor de lo fabuloso, lo memorable y lo imaginario”, en la medida que nos aleja de la verdad.

                El término griego mythos significó originariamente “relato, narración, cuento, palabra” y, como afirma Cesare Pavese, “es siempre simbólico”. García Gual propone la siguiente definición funcional: “mito es un relato tradicional que refiere la actuación memorable y paradigmática de unas figuras extraordinarias –héroes y dioses- en un tiempo prestigioso y esencial. Los mitos ofrecen unas imágenes que impactan en la memoria colectiva, y que perviven en la tradición, porque sin duda responden a preguntas fundamentales del ser humano y su inquietud ante los misterios de la vida y los retos de la sociedad”[iii].

                Por su parte, para el investigador británico G.S. Kirk, “los mitos son una clase especial de historias o cuentos tradicionales que se distinguen por su especial profundidad, su carácter imaginativo y poco común, y por una tendencia a ir más allá de la propia vida”[iv]. Como la categoría “mito” es vaga y difícilmente diferenciable de una leyenda, una saga, un cuento popular o una tradición oral, Kirk propone huir de las definiciones esencialistas, y piensa que es un error aislar algún carácter específico y central de los mitos, y que no puede existir una sola teoría capaz de abarcar la diversidad de estos. Los antropólogos “se han embrollado en teorías muy extremas sobre la naturaleza de la sociedad, lo que ha entorpecido su acercamiento a los mitos, que son una de las manifestaciones primarias de una cultura oral”. Los historiadores de la religión “han seguido ocupándose principalmente de la relación entre los mitos y los ritos”, y los psicólogos “continúan tejiendo de manera no excesivamente inspirada las teorías del inconsciente mítico sugeridas por Freud y Jung”[v].

                En principio, y siguiendo a Kirk, os propongo los siguientes rasgos definitorios de los “mitos”:

1.       Tienen la estructura formal de un relato, de una historia dotada de una estructura dramática y un desenlace (principio, desarrollo y final). Habitualmente, dichos relatos se sitúan en un tiempo originario, hacen referencia a la antropogénesis, incluyen acciones fundacionales que configuran la situación actual del ser humano, tienen protagonistas y llevan a determinados resultados.

2.       Son relatos tradicionales y no históricos. Son, habitualmente, relatos contados en sociedades no-literarias de tipo tradicional, y transmitidos de generación en generación como consecuencia de la importancia de sus mensajes. No obstante, los mitos griegos sí recibieron forma literaria, tienen un repertorio temático limitado, resultado de un largo proceso de desarrollo y elaboración consciente, no están obsesionados por la organización social –como sucede en otras culturas de pensamiento arcaico-, y se pueden clasificar en dos grandes grupos: mitos divinos (de tono sagrado o sobrenatural) y sagas heroicas (de tono profano y práctico, y menos imaginativo).

3.       Tienen un poder narrativo excepcional, y una clara influencia funcional en relación con algún aspecto importante de la vida individual, o social o comunal. En cualquier caso, dichos relatos van más allá del mero entretenimiento y del encanto narrativo, puesto que están dotados de una función vital de comunicación e instrucción entre contemporáneos y entre diferentes generaciones, puesto que son portadores de importantes mensajes sobre la vida en general, y sobre la vida social en particular.

4.       Son relatos multiformes, imaginativos y libres en sus detalles, es decir, no son uniformes (suele haber diferentes versiones de los mismos), ni lógicos, ni internamente consistentes. Frente a la razón lógico-demostrativa, frente a la organización conceptual de la filosofía y la ciencia, el mito representa el dominio de la imagen, producto de la fantasía creadora. Tiene un sentido emocional, afectivo, frente a la frialdad de la razón, e impregna la vida en su conjunto como saber colectivo y acabado.

5.       Son relatos multifuncionales, puesto que en ellos coexisten diversas motivaciones (sociales, psicológicas, cosmológicas….) y como consecuencia de ello, distintos oyentes o lectores pueden valorar un mismo mito por diversas razones.

 

                Pienso que esta aproximación es compatible con los tres ingredientes que nos propone Antonio Báez en su versión simplificada, y que podrían fijar los apartados fundamentales de nuestras unidades didácticas:

·         RELATO

·         ICONOGRAFÍA e

·         INTENCIÓN

 

En particular, el historiador H. Blummenberg subraya la “constancia icónica” de los mitos, la permanencia de sus imágenes, lo que asegura su difusión en el espacio y el tiempo. Debemos, por tanto, poner un especial celo en las imágenes del mito, al tiempo que cuidamos la presentación del relato. Por otra parte, su carácter “multifuncional” (su diversidad de intenciones e interpretaciones) permiten reorganizar las imágenes en distintos contextos, intentando “dar un sentido humano a lo que nos rodea”, algo que en ocasiones no tiene una significación clara.

                García Gual llama la atención sobre una característica de los mitos vinculada a naturaleza multifuncional: su capacidad para pervivir y ser reinterpretado. A pesar del paso del tiempo, los mitos conservan “cierta aura de prestigio (….) aún están ahí, aún nos dicen algo profundo y enigmático sobre nosotros mismos (…) no son alegorías, no son tampoco historias ingenuas y primitivas. Tienen un simbolismo que hay que interpretar”.[vi]

                Las características citadas anteriormente nos permiten apelar a otras mitologías además de la griega (mitos bíblicos, germánicos, literarios, etc…). Esperemos que nos ocurra como a Aristóteles, quien dijo: “A medida que envejezco y me siento más solo, me he hecho más amigo de los mitos”.

 



[i] García Gual, Carlos, Diccionario de los Mitos, Barcelona, Editorial Planeta, 1997, pp.7-14.
[ii] Op. cit., p.7.
[iii] Op. cit., p.9.
[iv] Kirk, G. S, La naturaleza de los mitos griegos”, Barcelona, Argos Vergara, 1984, p. 21.
[v] Op. cit., p.14.
[vi] García Gual, Carlos, Diccionario de los Mitos, Barcelona, Editorial Planeta, 1997, p 12.