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martes, 18 de junio de 2013

EL MITO Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS. EL DESTINO (Por Lucila Repiso, IES Jacaranda de Churriana-Málaga)


UNIDAD DIDÁCTICA: EL MITO Y LAS 

NUEVAS TECNOLOGÍAS. EL DESTINO.


MATERIA


 TECNOLOGÍAS DE LA INFORMACIÓN Y COMUNICACIÓN

ALUMNADO AL QUE VA DIRIGIDO


2º BACHILLERATO

OBJETIVOS


Aplicar las nuevas tecnologías a los trabajos realizados sobre el mito en otras materias, complementando lo  ya realizado en formato tradicional.

Interdisciplinariedad.

Desarrollar una presentación real, no un ejemplo imaginario que el profesor proponga.

Saber plasmar un trabajo teórico en una presentación digital

Aprender a captar la atención de la persona que presencia la proyección.

Hacer constar la importancia que tiene una buena presentación digital como complemento a una exposición de un trabajo ante un grupo de receptores de información.

Buscar material gráfico apropiado en Internet.

CONTENIDOS


El mito: Edipo.

Realización de presentaciones digitales.

Búsqueda de material gráfico en Internet.

TEMPORALIZACIÓN


Tercer trimestre, en el tema dedicado a Presentaciones Digitales.

Se impartirá este tema en el tercer trimestre para que ya el alumnado haya tenido tiempo de realizar los trabajos en modo tradicional.

El alumno dispondrá de un máximo de 8 horas de clase para realizar la actividad.

METODOLOGÍA


El alumno desarrollará un trabajo sobre el mito de Edipo realizado ya en formato papel  en otra materia y con otro profesor.

Una vez terminado éste creará una presentación digital sobre él.

Para la creación de ésta el alumno podrá realizar búsquedas de imágenes, fondos, y demás objetos en Internet .

El profesor explicará el diseño y realización de presentaciones con clases magistrales y dará ejemplos y trucos de buena presentación para que el alumno practique en clase. Una vez hecho esto, el alumno creará una presentación diseñada por él mismo.

CALIFICACIÓN


La presentación realizada será evaluada y tenida en cuenta como examen del tema de presentaciones digitales.

CRITERIOS DE EVALUACIÓN


Se valorará el diseño, la estética, la visibilidad, efectos, claridad, grado de atracción del oyente hacia la presentación, resumen de contenidos, gráficos, esquemas, hipervínculos, orden de proyección, complejidad, transmisión de ideas, brevedad en los textos y todos aquellos consejos y conceptos que el profesor haya dado en sus clases.

Realización de la presentación digital en clase, no en casa.

Innovación en conceptos sobre cómo proyectar algo para que sea más atractivo y se vea mejor.

ACTIVIDAD


Creación de una presentación digital sobre el trabajo de Edipo realizado previamente en otra materia.

Tanto el diseño como implementación correrá a cargo del alumno. No será el profesor el que determine ningún aspecto del diseño del trabajo, sólo ayudará al alumno con conceptos informáticos sobre su realización.

La presentación deberá contar con los siguientes objetos o conceptos:

Gráficos adecuados

Esquemas

Formas

Hipervínculos

Fondos

Imágenes

Sonidos

Videos

Tipos y colores de letra apropiados a cada diapositiva

Número de diapositivas sin determinar, el que requiera cada trabajo. Se ha de tener en cuenta que no se han de desarrollar demasiadas diapositivas para que queden pobres, ni demasiado pocas para que queden muy densas.

Visibilidad, claridad y estética

Efectos y transiciones

Cuadros de texto

Características de párrafo necesarias para buena distribución de la información.

Temporalización  acorde a la lectura y captación de información.

No serán obligatorios los hipervínculos, sonidos  y videos. Aunque se tendrán en cuenta como ponderación de la nota.

domingo, 10 de marzo de 2013

ACTIVIDAD SOBRE EL MITO DE EDIPO (Por Ana Perea Puerto)

ACTIVIDAD SOBRE EL MITO DE EDIPO
 
  • La idea es que los alumnos, por grupos, partan de esta imagen y un texto como línea central, Edipo Rey, además de otros que les sirvan de ayuda y realicen los siguientes trabajos de investigación:

 


 

  1. Descripción de la Esfinge.

 

  1. ¿Por qué se encuentra la Esfinge en Tebas? ¿Cuál es su propósito?

 

  1. ¿Por qué se encuentra Edipo hablando con ella?

 

4.    Cuando Yocasta va a suicidarse, dice estas palabras: “¡Oh desventurado!¡Que nunca llegues a saber quien eres!”

Explica su significado.

 

       5 “... el culpable del asesinato de Layo está aquí. Se dice que es un extranjero aquí establecido, pero después saldrá a la luz que es tebano por su linaje y no se complacerá de esa suerte. Ciego cuando antes tenía vista y, pobre, en lugar de rico, se trasladará a tierra extraña tanteando el camino con un bastón. ... él mismo será hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació y asesino de su padre”.

 

Estas son palabras del adivino Tiresias a Edipo. ¿Qué le está revelando?

 

6. Busca otras versiones sobre la muerte de Edipo. ¿Hay algún aspecto común en todas las versiones?

  1. Busca información sobre el final de los hijos de Edipo: Polinices, Eteocles, Antígona e Ismene.
  2.  Busca información sobre el significado del nombre de Edipo y relaciónalo con algún momento de la narración del mito.
  3. Busca otras imágenes en las que Edipo se encuentre hablando con la Esfinge.

Los otros autores recomendados son:

APOLODORO 

HESIODO,Obras y fragmentos.

 HIGINO, Fábulas, 67

HOMERO,Odisea,XI

SÓFOCLES: Antígona

ESQUILO: Los siete contra Tebas
 

 Ana Perea Puerto
IES Jacaranda
Churriana-Málaga

 

miércoles, 6 de febrero de 2013

EL TIEMPO, LA EXISTENCIA Y LA MUERTE (Oscar Brenifier, Joël Coclès e Isabelle Millon)





               “Cuestionarse la vida nos suele llevar a la problemática del sentido. En primer lugar, porque vivir es sentir y sentirse. Cualquier vida se siente agradable o desagradable, la existencia siempre es un sentimiento de existir, pero mientras sea la vida de un ser racional, querríamos entender cómo, por qué y con qué fin vive; pregunta no poco importante, pues de su respuesta depende el valor de la vida. ¿Vale la pena o no vivir la vida? ¿Quién le daría este valor? De ahí surge otra pregunta: ¿somos dueños de nuestra propia vida, o quizás se nos priva de ella de una manera o de otra?” (página 17)
 
      “¿La vida posee su propio sentido o hay que atribuírselo? ¿El sentido ya existe, positivo, sustancial o quizás somos nosotros los que debemos crearlo a través de un acto subjetivo? Mientras la demos un sentido a nuestra vida, nos beneficiaremos de ella, el vivo es quien le atribuye este sentido y viviendo es cuando lo descubre o lo inventa. Pero, ¿será suficiente para protegernos de las ilusiones? Por otra parte, ¿este sentido es trascendente y se encuentra en alguna parte fuera de la vida misma?
            “También se plantea el problema de la relación con los demás, la unión con lo que nosotros no somos, de lo que, sin embargo, dependemos para vivir. ¿Vivimos por nosotros mismos o por lo que son los demás? ¿Somos seres particulares o formamos parte de un todo? Hacerse este tipo de preguntas, deliberar sobre la vida, es una característica esencialmente humana y quizás signifique apropiarse de su propia existencia.” (página 26)
 
             “Sin ninguna duda el pensamiento de la muerte puede aclarar la cuestión sobre el sentido de la vida. La muerte es el final de la vida ya que le pone término, pero también puede tener otro sentido cuando sólo se puede pensar en la existencia haciendo referencia a la muerte. La muerte, sin que suponga la meta ni siquiera el final de la vida, no se puede evitar, sin embargo hay que tenerla en cuenta obligatoriamente.
Las religiones suelen proponer un más allá de la muerte, otra vida. La muerte sería un nuevo comienzo. ¿Es sólo una forma de negar la muerte? ¿El recuerdo es otro? Más allá de cuestiones de fe, ¿cómo entender la procedencia de este deseo de inmortalidad? ¿Se pueden evitar las discordias y los conflictos entre diferentes tipos de explicaciones de lo que sigue siendo todo un misterio? A menos que se tenga una confianza ciega en la ciencia para la que el cuerpo lo explica todo”. (páginas 34 y 35)


Brenifier, O., Coclès,J., y Millon, I., El Tiempo, la Existencia y la Muerte, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2006.



  • ACTIVIDAD: Responde a las preguntas resaltadas en rojo que se presentan en este texto. Puedes reformular dichas preguntas, si lo estimas conveniente. A continuación se organizará en el aula un debate sobre el sentido de la existencia humana.



domingo, 27 de enero de 2013

EL MITO DE SÍSIFO (García Gual, Diccionario de mitos)


    

“Sísifo, hijo de Eolo y rey de Corinto, fiado en su astucia, quiso engañar a los dioses. Por ello sirvió como ejemplo con su castigo eterno y absurdo en el Hades. Junto con Tántalo, que en vano intenta una y otra vez alcanzar las frutas del árbol y el agua del río que tiene al lado para saciar su hambre y sed, y con Ixión, que gira por los aires clavado en una rueda de fuego, es uno de los tres famosos condenados a una eterna fatiga infernal. Sísifo repite durante días, años, siglos, su incesante y vano esfuerzo, como castigo a su impío empeño. Levanta en sus manos una enorme roca y la sube por la empinada cuesta hasta la cima del monte y, cuando ya está a punto de alcanzar la cumbre, la piedra resbala de sus manos y rueda hasta el fondo de la abrupta pendiente. Y Sísifo vuelve a recogerla para emprender de nuevo la subida.

   Castigo merecido. Sísifo se servía de su gran astucia para engañar a otros, y llegó a taspasar las barreras más inviolables. Cuentan que fundó Efira, la ciudad que luego se llamará Corinto, en el itsmo de tal nombre. Allí saqueaba y engañaba a los viajeros. Dicen que allí sedujo a Anticlea, que iba a casarse con Laertes, y fue así, según la maledicencia, el padre verdadero de Ulises, que heredó su astucia. Pero ése es un dato menor de sus andanzas.

   Más grave fue que, cuando Zeus raptó a la ninfa Egina, hija del río Asopo, él denunció al divino raptor al padre río, a cambio de una fuente para su ciudad. Zeus, enfurecido, envió a Thánatos, la Muerte, en su busca. Pero con sus engaños, el hábil Sísifo logró apresar a la Muerte en su casa. Este apresamiento de Thánatos produjo un terrible desequilibrio en el mundo, ya que nadie moría, y para remediar la catástrofe Zeus tuvo que intervenir otra vez.

  Al sentir próxima su muerte, el taimado Sísifo encargó a su mujer que diera honras fúnebres a su cadáver y conservara su cuerpo insepulto. Luego, su alma en el Hades se quejó a la diosa Perséfone y pidió cruzar de nuevo el Aqueronte para castigar a su esposa y preparar un funeral decente. Prometió regresar en seguida. Pero una vez en su palacio de nuevo, se metió en su cuerpo y renegó de su promesa. Los dioses de los muertos enviaron a por él y, sin reparos, le impusieron luego el ejemplar castigo de subir la roca hasta una cima. Sin pausa Sísifo se empeña en su infinito trabajo.

  Su figura es todo un símbolo del esfuerzo inútil y reiterado. Es la imagen del anhelo eterno del hombre por ascender hacia un alto objetivo que, apenas alcanza y roza, se esfuma. Nietzsche relacionó, en una ingeniosa etimología, el nombre de Sísifo con el de sophós, el “sabio”. Albert Camus, en su libro El mito de Sísifo, vio en el reiterado escalador un símbolo de la condición humana, del intelectual que se pregunta una y otra vez por el sentido de la existencia, sin lograr encontrar una respuesta que no le resbale al final de sus manos.”

 

Carlos García Gual, Diccionario de mitos,

Barcelona, Planeta, 1997, pp. 314-315.

EL MITO DE SÍSIFO (Homero, Odisea)


 

    
    

Advertí luego a Sísifo, presa de recias torturas.

Iba a fuerza de brazos moviendo un peñón monstruoso

y, apoyándose en manos y pies, empujaba su carga

hasta el pico de un monte; mas luego, llegado ya a punto

de dejarla en la cumbre, la echaba hacia atrás su gran peso;

dando vueltas la impúdica piedra, llegaba hasta el llano

y él tornaba a empujarla con todas sus fuerzas. Caía

el sudor de sus miembros y el polvo envolvía su cabeza.
    

Homero, Odisea, Canto XI, versos 593-600,
    trad. J.M. Pabón, Madrid, Gredos, 1982.

domingo, 20 de enero de 2013

“CAFÉ SOCRÁTICO" SOBRE LA MUERTE (JUAN JESÚS OJEDA ABOLAFIA)


 
JUAN JESÚS OJEDA ABOLAFIA nos ofrece el relato de una actividad que se celebró el 9 de noviembre de 2012, en la Biblioteca del IES Santa Bárbara (Málaga), de las 17,00 a las 19,30 horas. Ésta puede ser un tipo de actividad interesante para cualquiera de nuestras unidades didácticas. Por cierto, ANTONIO SÁNCHEZ MILLÁN, profesor de Filosofía del IES Juan de la Cierva de Vélez-Málaga y miembro de este Grupo de Investigación, ha escrito recientemente un libro sobre Prácticas Filosóficas como la que aquí nos ilustra Juan Jesús Ojeda Abolafia. Otra buena fuente de inspiración para la elaboración de materiales.


Recapitulación del diálogo:

   El pasado miércoles, 9 de noviembre, celebramos en la Biblioteca del instituto nuestro primer “café socrático”. Como “uno es ninguno”, y no hay primero sin segundo, anunciamos ya nuestro propósito de volver a encontrarnos en un segundo “café socrático” en las primeras semanas de la segunda evaluación.

   En este primer café socrático tratamos el tema de la muerte. Sí, lo sabíamos; sí, lo escuchamos de unos y otros: “vaya temita, ¿no hay otro más grato?”. Muchas fueron las voces que así se manifestaron en los días previos al encuentro. Sin embargo, en filosofía no hay temas prohibidos; los tabúes se dejan para el inconsciente discurrir por el que se nos va el bullicioso vivir diario, pero no hay sitio para ellos en el discurrir consciente que es filosofar. ¿Podríamos, si quiera, aspirar a alcanzar un mínimo de excelencia o virtud personal y comunitaria sin pensar que “la muerte es lo único que de verdad iguala a todos los hombres” (Pitágoras) o que silenciosamente “cae leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos” (James Joyce)? Fuimos, por tanto, al encuentro con esta vieja señora, no para espantarla o conjurarla, sino para dialogar con ella.

   Acudimos a la cita alumnas y alumnos de 4º de ESO, de bachillerato y de Ciclos Formativos, así como, profesores, padres y madres. Pero allí estábamos en igual condición de meros sujetos pensantes, atentos a preguntar y responder a la incesante llamada de la muerte.

   Prueba de ello fue que, una vez el orientador del diálogo hubo establecido las reglas básicas del mismo; a saber: en primer lugar, respetar el turno de palabra; en segundo lugar, exigencia de buscar claridad y concisión en nuestras manifestaciones; y por último, esfuerzo y perseverancia en la práctica espiritual de la escucha atenta; y una vez acomodados todos e invitados a servirse café o infusiones para templar voz y garganta, cuando se abrió el diálogo con la primera pregunta ¿por qué estamos aquí? hubo común acuerdo en que era porque claramente no sabemos lo que pensamos sobre la muerte.

   Todo diálogo socrático, que es la herramienta intelectual usada en un café socrático, discurre, ciertamente, entre las preguntas suscitadas por nuestras dudas y las respuestas con las que intentamos, en lo posible, fijar nuestras creencias. El inicio del pensar, que siempre es un dialogar, se halla pues en una pregunta. Por eso el orientador solicitó a los presentes que, para centrar el tema, cada uno se plantease una pregunta clara y concisa. Cerca de quince se formularon de viva voz, casi tantas como asistentes; preguntas suficientes como para prestarle decenas de horas en responderlas: ¿Por qué tenemos que morir?, ¿Quién dice que hay muerte?, ¿Quién inventó la muerte?, ¿Acaba con la muerte la vida?, ¿Quién, persona, autoridad o institución, decide sobre si uno puede morir?, ¿Hay alma inmortal?, ¿Qué es la muerte?, ¿En qué momento se produce la muerte?, ¿Es la muerte igualmente vivida por quienes creen en otra vida y quienes no?, ¿Por qué tememos a la muerte?, ¿Queremos morir?...

   Ante tan amplia variedad de preguntas y perspectivas sobre la muerte, el orientador propuso dividirlas en dos categorías: aquellas preguntas que indagaban sobre la posibilidad de otro tipo de vida tras la muerte, de manera que esta no fuese un final de la existencia; y aquellas lo hacían sobre la manera de afrontar la muerte desde la propia vida personal. De esta manera, se distinguía entre una perspectiva transcendente  sobre la muerte (primera categoría de preguntas) y otra inmanente (segunda categoría). Hecha la distinción se solicitó considerar cuál era la perspectiva que suscitaba un mayor interés para los presentes y para decidir la cuestión se pidió someterla a votación, resultando claramente mayoritaria la perspectiva inmanente. Así pues, el orientador pidió repetir algunas de las preguntas que pudiesen encuadrarse en aquélla perspectiva sobre la muerte, con el objeto de volver a considerarlas por todos los asistentes y pasar a elegir por votación la que resultase más interesante inicialmente para centrar el diálogo. Finalmente, obtuvo un apoyo mayoritario la pregunta ¿Por qué tememos a la muerte?

   Sin pregunta no hay diálogo; nuestro primer logro fue saber acordar la pregunta que, allí reunidos para hablar de la muerte, habría de dar comienzo a nuestra indagación colectiva. De esta manera un nuevo momento del café socrático iba a iniciarse: el de las respuestas. Pero antes de empezar, y tal vez por la convicción íntima de que el acuerdo sobre la pregunta llevó a creer que parte de nuestra labor allí había sido realizada, pareció un buen momento para que cada uno se sirviese café, té o sorbiese de la infusión de yerba mate cebada por Alan, alumno natural de la Argentina, querido país donde la tradición de los cafés socráticos lleva ya arraigada desde hace un par de décadas.

   El orientador se dispuso entonces a pedir a cada uno de los asistentes que formulase una respuesta a la pregunta elegida, subrayando la idea de que la respuesta habría de ser clara y concisa, para lo cual tendría que enunciar en una sola frase la razón por la cual  se le teme a la muerte. Tras un minuto para que las respuestas fuesen pensadas y escritas se invitó a algunos de los presentes a hacer públicas sus respuestas. En total fueron siete las respuestas planteadas, que quedaron transcritas en una pizarra para que pudieran ser atentamente consideradas y recordadas; a saber: “Porque nos han hecho creer que es algo malo”; “Porque la desconocemos”; “Porque tenemos apego a lo material”; “Porque puede conllevar dolor físico”; “Porque nos apenamos de que “yo” desaparezco”; “Porque tenemos apego a los seres queridos”; “Porque desconocemos cuándo llegará”.

   El momento crucial de un diálogo socrático se alcanza cuando nuestras creencias, en forma de respuestas a las preguntas formuladas, son puestas en cuestión por las nuevas preguntas que suscitan en quiénes las escuchan con atención. De repente, sin que quien ha puesto su creencia ante el pensamiento de los otros pueda evitar experimentar asombro, la seguridad inicial en la respuesta dada se verá socavada por las preguntas que le son dirigidas, a través de las cuales podrá descubrir que su creencia no le permite dar cuenta de algunas de la consecuencias que se siguen de la misma y que son explicitadas por la preguntas que se le plantean. Es decir: con las preguntas que se nos dirigen empezamos a ser capaces de pensar mejor el sentido de nuestras creencias, o su falta de sentido.

   Así, el moderador quiso saber si quien había respondido que le tememos a la muerte porque nos han hecho creer que es algo malo, podría indicarnos concretamente quiénes son esos que en nuestra sociedad nos inculcan tal creencia, respondiendo que la familia. Pero ya no pudo concretar la cuestión de por qué la familia piensa así. Además, se le objetó que todos los animales tienen un instinto de rechazo a la muerte, por lo que el temor podría ser más natural que cultural. Desde esta perspectiva el orientador planteó la contradicción entre afirmar que el temor a la muerte es instintivo y que a la vez sea algo desconocido, cuando los instintos serían saberes innatos que no necesitan de aprendizaje cultural. Para salir del impase se consideró la respuesta de que el temor a la muerte obedecería a que con ella se contraviene nuestro natural apego a las cosas materiales. Ante esta respuesta, alguien objetó que el rechazo a la muerte viene más por nuestro apego no a las cosas materiales sino a las personas y otras cosas espirituales. No obstante, el orientador quiso aparcar tal discusión, subrayando que sería más relevante, antes de discutir si el apego es a lo material, a lo espiritual o a los seres queridos, o inclusive, apego al propio “yo” personal, atender a la idea de “apego” en sí misma. Efectivamente, parecía darse por sentado con algunas de las respuestas inicialmente dadas que la muerte es el acontecimiento que limita nuestros afectos e inclinaciones sentimentales, por eso preguntó si durante la vida no estaríamos favoreciendo nosotros mismos la ruptura de muchos tipos de apego a cosas y personas, hasta el punto de que si estábamos pensando que la muerte acababa con el apego, no pudiera suceder que nosotros mismos favoreciésemos la muerte en la vida al olvidarnos de cuidar y atender a cosas y personas por las que en algún momento hemos sentido apego.

   Las respuestas que se sucedieron a la cuestión anterior parecieron reconocer que durante la vida podemos estar ante experiencias similares a las que supuestamente la muerte nos conducirá irremediablemente, pues efectivamente, de la misma manera que esta nos separará de los seres queridos, como es el caso de los padres, a veces, en vida, nosotros mismos nos vamos separando de ellos.  Tal vez el hecho de hablar de los padres hizo que en este momento las intervenciones de dos padres de alumnos se hiciesen más presentes. Así uno reconoció, en sentencia de profunda raigambre filosófica, que en vida procedemos a enterrar muchas cosas sin ser muy conscientes de ello. También una madre apuntó la aguda observación de que si es cierto que en vida nos desapegamos de seres y personas, la diferencia con la muerte es que a veces en la vida podemos volver a cuidar lo que hemos descuidado, pero con la muerte eso ya no será posible.

   Lo importante de la reflexión anterior es que, al poner de manifiesto que algo de lo que nos pasa con la muerte nos pasa ya en la vida y no le damos tanta trascendencia, tras ella nuestro diálogo, pareció ir poniendo de manifiesto que el temor podría cambiarse si modificamos nuestras actitudes culturales hacia la muerte. Así, la respuesta dada al comienzo, de que el temor a la muerte era algo culturalmente inducido, volvía a adquirir nueva relevancia, pues igual que la cultura puede infundir temor, un cambio cultural podría modificar el mismo. En un tono más distendido se fueron sucediendo entonces intervenciones donde se destacaba cómo la muerte no llegaría a ser tan mala y temida si de alguna manera fuese una muerte aceptada, asumida e, inclusive, querida. Así, se dejaron oír planteamientos tales como que cuando la situación vital de una persona, especialmente su salud, es mala la muerte puede ser deseada como una liberación, o que inclusive al final de una vida satisfactoriamente vivida y donde los alicientes vitales disminuyan se le empiece a dar menos valor a seguir viviendo. También se manifestaron casos de personas que parecen temer más al morir a lo que vaya a ser de sus seres queridos que a su propia muerte. Todas estas intervenciones llevaron al orientador a apuntar la posibilidad de pensar cómo un poderoso cambio cultural, que podría venir servido por los sorprendentes descubrimientos en el ámbito de la biología celular y en la genética y sus futuras aplicaciones biomédicas, podría ocasionar un cambio de paradigma sobre el ser humano y su relación con la muerte.

   La pregunta subsiguiente, que a modo de reflexión futura para todos los asistentes se planteó, fue si ¿cambiaría el temor a la muerte de un ser humano para el cual la inmortalidad biológica fuese una condición de su naturaleza? Para entonces, el diálogo socrático fue ya deviniendo en relajada, amena y ocurrente tertulia, lo cual es normal y hasta deseable, si se considera que al cabo habían transcurrido ya dos horas y cuarto de preguntas y respuestas. El propio orientador decidió abandonar el timón de la navegación y sentarse a beber el mate amargo que amablemente le cebó Alan, que previamente había planteado una lúcida última reflexión en el sentido de que si mientras hemos sido mortales le hemos temido a la muerte sería natural, entonces, que si llegásemos a ser biológicamente inmortales le temiésemos a la eternidad y deseásemos la muerte.

   Pero todavía hubo unos minutos para más, pues el profesor José Luis Raya, que hasta poco antes nos había acompañado, había dejado un breve relato escrito por él hacía algún tiempo, relato que por su irónico final el orientador ya tenía en mente leerlo a modo de epílogo. A pesar de la pertinente objeción de Alfredo Mancera de que no deberíamos leer un escrito para la gloria de José Luis Raya, cuando acababa de dejarnos a todos con dos palmos de narices, escuchamos atentamente la lectura que del mismo hizo Miguel Ángel Benítez, y todos, también Alfredo, acabamos con la sonrisa en los labios después de escuchar el relato de José Luis titulado “La muerte”. Sonrientes ante la muerte y con la boca dispuesta a dar cuenta de los excelentes bizcochos, tiernos y dulces, que para tan duro y amargo tema nos habían preparado Asun y Noelia. Hablar de la muerte nos sentó de maravilla. Salud y hasta la próxima.

 

EL HOLANDÉS ERRANTE: UNA LEYENDA DE AMOR Y REDENCIÓN (JUAN JESÚS OJEDA ABOLAFIA)


JUAN JESÚS OJEDA ABOLAFIA (IES “Santa Bárbara”, Málaga), nos ofrece un trabajo sobre la leyenda del “Holandés errante”, que tiene cabida tanto en la unidad sobre el amor, como en la reservada al destino. Este trabajo incluye materiales que pueden servirnos como base para la elaboración de actividades.
1.  El mar y la imaginación como poderes fecundantes
   Existe un vínculo maravilloso entre el mar y la imaginación humana; y no porque el mar haya sido siempre fuente de estímulo para la imaginación y esta se haya mostrado fecunda creando un mar de historias sobre el mar, sino porque ambos, en sí mismos, son poderes fecundantes.
   Si no detrás del origen de la vida en nuestro planeta, lo que resulta indudable es que el mar está en el origen de un capítulo fundamental de la historia de la vida, pues, como pensó Anaximandro de Mileto hace 2500 años y hoy ya sabemos, los animales terrestres, incluidos nosotros, provenimos de ancestros marinos. Por su parte, la imaginación humana tiene el asombroso poder de engendrar esas extrañas criaturas que son los recuerdos, las ideas y las creencias. Estos engendros fantásticos (“fantasmas” se denomina en Latín a las imágenes mentales) cobran vida propia en el pensamiento y acaban influyendo en la realidad vital del ser humano cuando la propia imaginación los convierte en elementos de la trama de un relato. Precisamente, uno de los más asombrosos relatos elaborados por la imaginación humana es el que nos cuenta la historia más increíble jamás contada: la Historia del universo, de la vida y del hombre; narración tramada por esa forma tan racional de pensamiento -tan poco fantástica aunque sí imaginativa- llamada ciencia.
   Pero además de la interminable historia de la vida narrada por la ciencia, uno de cuyos capítulos sería el de las criaturas marinas y terrestres, la imaginación necesita recrearse inventando un mar de historias que no por fantásticas dejan de enseñarnos sobre la vida y cómo vivirla. Porque, de alguna manera, la vida humana es algo que le pasa a un animal imaginativo y errante, descendiente de ancestros marinos que un día salieron a tierra firme para secarse al sol,  al que, entretanto camina sin destino, se detiene bajo el cielo y se tumba sobre la tierra, le asalta la necesidad de inventar historias sobre sí mismo, los astros, la tierra y el mar, y no sólo por placer, sino para poder sobrevivir, para intentar salvarse de la muerte: Scherezade se salva de la muerte cada noche gracias a su capacidad para no acabar nunca de contar una y mil historias a su despiadado marido.
2. La narración como acto de pensamiento: pensamiento discursivo y pensamiento poético.
   Pensar es narrar, contar una historia. Hay dos maneras de pensar, de contar historias: la primera, propia del relato científico (pensamiento discursivo o deductivo); la segunda, propia del relato imaginario (pensamiento “poético” o simbólico).
   En la manera científica de pensar se cuentan cosas numéricamente contables y en ella el pensamiento discurre (pensamiento discursivo) por un camino claro, con principio y final, yendo paso a paso de una cosa sabida claramente, por ser contable y medible, a otra que también lo será, hasta que, de deducción en deducción, llegaremos a la conclusión final. La madre de esta forma de pensar deductiva es la geometría. Por ejemplo, se nos dice: imaginad un cuadrado –y todos podemos crear la imagen clara de un cuadrado-; pues bien, a partir de él vamos a ver claramente cómo podemos crear otro que doblará necesariamente el área del primero. Tracemos una diagonal, que dividirá en dos triángulos rectángulos iguales el cuadrado inicial, y a partir de esta diagonal, tomada como lado, tracemos un nuevo cuadrado cuya área contendrá cuatro triángulos idénticos a los dos que teníamos en el primer cuadrado; ahora bien, si el primero tenía dos triángulos y el que hemos trazado después tiene cuatro, como cuatro es el doble de dos, el nuevo cuadrado doblará el área del primero.
   En la manera poética o simbólica de pensar (propia del arte) se cuentan cosas reconocibles pero que ya desde el principio de la narración no están del todo claras; sin embargo, la historia narrada las va enlazando en una trama que parece tener sentido pero no una dirección clara que necesariamente nos lleve desde el principio al final. El mito, la leyenda o la narración literaria son la madre de esta forma de pensar en la que habiendo una trama que hila las cosas contadas, ni el principio está claro, y por tanto, no nos parece un auténtico principio, ni tampoco el final, que tampoco parece una conclusión. Aquí nuestro pensamiento no discurre por un camino recto, con salida y llegada precisas, sino que avanzando, parece a la vez dar vueltas, como mirando hacia atrás, para reconocer el trayecto realizado y no perdernos del todo con los nuevos sucesos por los que nos adentra el relato. Así, cuando termina la narración sabemos que la historia tiene sentido pero que somos nosotros, cada uno, quien debe encontrárselo. En el pensamiento poético nuestra imaginación se ve obligada a buscar el sentido de lo contado; y esto, ni más ni menos, es lo que nos pasa en ese discurrir sin rumbo claro, pero buscando sentido, que llamamos vida, en la que a la vez somos autores y protagonistas del argumento.
3. El relato del “Holandés errante” (Heine/Wagner)
   Me detengo ahora en una narración mítica, el relato del holandés errante. Como mito, en este relato nada está del todo claro ni es sabido: ni el autor, ni el protagonista; ni el comienzo ni el final, ni todos y cada uno de los acontecimientos narrados; pero reconocemos lo contado y pensamos que debe tener un sentido. Se trata de un relato marinero tramado por gentes del siglo XVII, surgido de la vida real y de la imaginación de hombres y mujeres que viven entre el mar y la tierra, que de algún modo saben que en el mar está su razón de ser y su destino final, su vivir y su morir. Imaginémoslos ahí, entre las costas del mar del Norte y del Báltico, entre Holanda, Noruega y Escocia; reconozcámoslos en esos marinos que se hacían a la mar para un trabajo no exento de temeraria aventura y de angustia; que a veces deparaba no retornar a tierra y dejar en ella a mujeres e hijos que dramáticamente esperaban su vuelta, y que en muchos casos quedaban viudas y huérfanos; pongámosnos en el lugar de esas mujeres, solteras de hecho, que a pesar de haber jurado ante Dios fidelidad a sus lejanos maridos, se hallaban expuestas a todo tipo de penurias y a la lúbrica coerción, cuando no al ultraje, de bárbaros marineros de tierra.
   La historia del holandés errante nos lo va a contar, por variopintos motivos, no sin parones, desvíos y vueltas atrás, e inclusive con un irónico y erótico corte en la narración, el gran poeta del romanticismo alemán Heinrich Heine, quien la recoge en un poético e irónico libro de memorias titulado “Memorias del señor de Schnabelewopski”, escrito alrededor de 1833. El señor de tan estrambótico nombre, “Schnabelewopski”, no es otro que el propio Heine, que nos relatará amables recuerdos de su vida; en este caso, de su primer viaje por mar entre Hamburgo y Amsterdam, durante el cual da en recordar la leyenda del holandés errante, que su vieja tía le contaba cuando era un niño y que ahora, en la cubierta del barco, sugestionado por el recuerdo, le hace imaginar si algunos de esos fantasmagóricos veleros que divisa a los lejos sobre un mar y un cielo ya casi nocturnos no pudiera ser el buque fantasma del desdichado marinero holandés:
   “El primer viaje que hice por el mar es inolvidable. Mi vieja tía me había contado muchas historias marinas, que entonces resurgían en mi memoria. Pasaba horas enteras sentado en la cubierta pensando en las viejas historias, y, cuando las olas murmuraban, creía oír hablar a mi tía. Si cerraba los ojos la veía en persona, sentada ante mí, con el único diente de su boca; rápidamente movía los labios y refería la historia del holandés errante… “Cierta vez, una noche, vi pasar un gran barco con las velas rojas desplegadas; parecía un negro gigante con un gran manto de escarlata. ¿Era el holandés errante? (obertura de Wagner).
   Picada nuestra curiosidad por la leyenda del holandés, de repente, el señor Schnabelewopski nos sorprende desvelándonos que a su llegada a Amsterdam pudo finalmente ver al siniestro holandés, pero como protagonista de una obra de teatro: “En Amsterdam, donde pronto llegué, vi en persona al siniestro Mynherr, y por cierto que fue en escena.”
   Y así, Schnabelewopski, comenzará a narrarnos la leyenda del holandés errante para, a renglón seguido, contarnos el argumento de la obra de teatro que vio en Amsterdam, que nos aportará nuevos detalles del trágico destino sin fin entre la vida y la muerte del holandés:
   “El relato del holandés errante seguramente os será conocido. Es la historia del buque fantasma que nunca puede arribar a un puerto y que todavía ahora, desde tiempo inmemorial, vaga por los mares. Si uno se encuentra esta embarcación, entonces algunos de la lúgubre marinería se acercan en un bote y os ruegan que cojáis un montón de cartas. Estas cartas deben clavarse en el mástil, pues de lo contrario acaecería al barco una desgracia, máxime si no se encuentra a bordo ninguna Biblia o alguna herradura en el trinquete. Las cartas siempre van dirigidas a hombres desconocidos o que han muerto hace mucho, de forma que a veces el nieto recibe una carta de amor dirigida a su bisabuela, que yace en la tumba desde hace más de cien años. Ese fantasma de madera, esa espantosa embarcación, toma su nombre del capitán, un holandés que en cierta ocasión juró por todos los diablos que, a pesar de la fuerte tormenta que entonces soplaba, doblaría cierto cabo, cuyo nombre he olvidado, y que, asimismo, navegaría hasta el día del Juicio. El diablo le ha tomado la palabra y ahora tiene que vagar por los mares hasta el día del Juicio, a no ser que sea liberado por la fidelidad de una mujer. El diablo, como tonto que es, no cree en la fidelidad de las mujeres, y por eso permite al capitán maldito que cada siete años baje a tierra para desposarse y, con esta oportunidad, lograr la salvación. ¡Pobre holandés! ¡Cuántas veces se conforma con poder volver a liberarse del matrimonio y deshacerse de su libertadora! Entonces marcha de nuevo a bordo.
   En este relato se basa la obra que he visto en el teatro de Amsterdam. Han pasado ya siete años; el pobre holandés está más cansado que nunca del interminable correteo; baja a tierra, traba amistad con un comerciante escocés que encuentra, le vende diamantes a un precio irrisorio y, cuando oye que su comprador posee una hermosa hija, la pide por esposa. También este trato queda cerrado. Ahora vemos la casa del escocés; la muchacha espera al novio con el corazón tembloroso. A menudo mira con tristeza hacia un gran cuadro alterado por el tiempo que cuelga en la estancia y que representa a un guapo mozo con el atavío español de los Países Bajos: este cuadro pertenece a una antigua herencia y, al decir de la abuela, es la imagen fiel del holandés errante, tal como se le vio hace cien años en Escocia, en tiempos del rey Guillermo de Orange. A este cuadro va unida una advertencia transmitida de antiguo que dice que todas las mujeres de la familia deben guardarse del original. Por eso precisamente la niña desde pequeña ha grabado en su corazón los rasgos del peligroso galán. Ahora, cuando entra el verdadero holandés errante en persona, la muchacha se sobresalta, pero no de miedo. También éste queda asombrado a la vista del retrato. Cuando le explican lo que representa, sabe alejar de sí toda sospecha, se ríe de la superstición e incluso se burla del holandés errante, del eterno judío del océano; sin embargo, involuntariamente, pasa a contar en un tono triste cómo el holandés, en el desierto del agua, tiene que soportar sufrimientos inmensos e inauditos, cómo su cuerpo no es sino un féretro de carne en el que el alma pena, cómo la vida le aparta de sí y también la muerte le rechaza: igual que un tonel vacío que las olas se lanzan unas a otras y, burlonas, vuelven a lanzárselo, así el pobre holandés es zarandeado de un lado a otro entre la vida y la muerte, sin que ninguna de las dos quieran retenerlo; su dolor es profundo como el mar que se agita, su barco está sin ancla y su corazón sin esperanza.
   Creo que poco más o menos estas fueron las palabras con que el novio acabó. La novia le observaba muy seria y, de cuando en cuando, dirigía miradas de reojo al retrato. Parecía como si hubiera adivinado su secreto, y cuando él preguntó: “Catalina, ¿vas a serme fiel?”, contestó decidida: “¡Fiel hasta la muerte!”
   Y ahora que Catalina ha jurado fidelidad al holandés, ¿qué sucederá? ¿Será esta la vez que definitivamente ponga fin a su maldición ganándole la partida al diablo? Heine, irónico como gustaba ser, nos va a gastar algo más que una maliciosa broma, pues en realidad se tratará de introducir un contrapunto dialéctico, negativo, que servirá de crítica a la idealizada visión romántica del amor mostrada en la leyenda del holandés errante. Cuando el drama parece encaminarse hacia su desenlace, sucede algo inaudito, a la vez que tremendamente cómico y erótico, pues una provocativa rubia holandesa, que a buen seguro no le habría jurado fidelidad a ningún santo varón, llama la atención de Schnabelewopski desde el paraíso del teatro, quien seducido por los carnales encantos de la joven mujer sube a su encuentro dejando de presenciar parte del desenlace del drama representado en el escenario. Cuando vuelve a su asiento, tras el voluptuoso lance amoroso, la representación se halla justo en la escena final, que Schnabelewopski vuelve a contarnos:
   “Cuando volví de nuevo al teatro llegaba justamente a la última escena de la obra, en el momento en que la mujer del holandés errante, la holandesa errante, se retuerce las manos con desesperación, mientras en el mar, sobre la cubierta de la lúgubre embarcación, aparece su desgraciado marido. Él la ama y quiere abandonarla para no conducirla a la perdición; le confiesa su horrible destino y la maldición espantosa que pesa sobre él. Pero ella grita con todas sus fuerzas: “Te he sido fiel hasta ahora y sé un medio seguro de conservarte mi fidelidad hasta la muerte.
   Tras estas palabras, la fiel mujer se lanza al mar, y ahora es cuando la maldición del holandés errante termina; está liberado, y vemos cómo el buque fantasma se hunde en el abismo del mar...”
   Pero, ¿qué ha sucedido? ¿Por qué el holandés ha desconfiado de Catalina y de nuevo se ha visto abocado a cumplir su aciago destino de vagar por el mar, lo cual finalmente es impedido por la piadosa mujer que entregando su vida al mar y redime al holandés de su eterno castigo?
4. La ópera o drama escénico musical “El holandés errante” de Richard Wagner
   Lo que Schnabelewopski se perdió del drama escénico sobre el holandés errante, lo podemos conocer escuchando la ópera de Wagner “El holandés errante”, pues el genial músico alemán se sirve del capítulo VI de “Las memorias del señor de Schnabelewopski” de Heine para escribir el guión de su ópera, en la que completa lo que Schnabelewopski no pudo conocer por verse arrastrado, frente al amor espiritual representado por Catalina, por el amor carnal que le propiciaba la rubia holandesa. Efectivamente, en el tercer acto del drama escénico wagneriano descubrimos, simplemente, que Senta (la Catalina de Heine) perece estar prometida a un hombre, Erik, quien le recuerda su compromiso y le pide que no le abandone por el marino holandés. Este, a la vez defraudado por esta circunstancia y movido por el profundo amor que siente por Senta, decide volver a cumplir con su destino y abandonar a Senta para que así no se vea obligada a morir por él. Pero el final ya lo sabemos: Senta redime al holandés muriendo por él.
   En su relato de la leyenda, Heine decía que “el diablo, como tonto que es, no cree en la fidelidad de las mujeres, y por eso permite al capitán maldito que cada siete años baje a tierra para desposarse y, con esta oportunidad, lograr la salvación ¡Pobre holandés! ¡Cuántas veces se conforma con poder volver a liberarse del matrimonio y deshacerse de su libertadora! Entonces marcha de nuevo a bordo”.  La sutil ironía de Heine nos desconcierta: ¿realmente, como piensa el tonto del diablo, las mujeres no son fieles y por ello una y otra vez, traicionado por ellas, el holandés se ve frustrado en su deseo de poner fin a su maldición o, al contrario, es precisamente por la piadosa fidelidad de las mujeres y por el pío amor que, en correspondencia, el holandés ha ido sintiendo por todas y cada una con las que se ha ido desposando por lo que las abandona, aceptando así a su trágico destino sin fin, para no conducirlas a la muerte, que para él sería su autentica liberación? En cualquier caso, tanto la Catalina de Heine, como la Senta de Wagner, representan a una mujer heroica para la que el amor está por encima de la vida. Pero también, podría hallarse una actitud heroica, si bien complementaria, en el holandés, pues es por amor a Catalina/Senta por lo que no quiere que mueran por él y por lo que está dispuesto a seguir errante sin descanso entre la vida y la muerte.
  (Recapitulación –génesis del mito-: tramado por las gentes del mar del norte de Europa en el XVI, la leyenda se transmite oralmente, y ya la encontramos en la Alemania del XIX donde las mujeres de edad se la cuentan a los niños. El poeta la evoca en su libro de memorias. El relato crece porque ya es argumento de una obra teatral en la cual a las jóvenes de una población escocesa se les cuenta la leyenda del holandés para prevenirlas sobre seductores varones; una de ellas tiene un retrato del supuesto marino y está fascinada con su imagen, su deseo de que exista de verdad y de conocerlo se va a hacer realidad; el holandés se presenta en casa llevado por su padre, la joven lo reconoce pero el holandés niega su identidad e inclusive ironiza sobre la historia… Y todavía habrá de llegar Wagner, que a cerrará el relato en su ópera convirtiéndolo en un inequívoco símbolo del ideal romántico de la redención por el amor.)
 

viernes, 18 de enero de 2013

El Sísifo de Homero y el mito de Albert Camus (Sonia Cárcamo)



“La sola lucha hacia las cimas, es suficiente para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Esto decía Albert Camus.
Sísifo, padre del Odiseo de Homero (La Souda, s.v. Sisyphos, Sophocle, Inachos, 21), es un personaje  de la epopeya griega La Odisea, conocemos su historia a causa de una condena que le infligieron los Dioses.
 "Sísifo Eólida, que fue el más ladino de los hombres."
Gracias a Albert Camus con El Mito de Sísifo, es figura conocida entre las figuras míticas, inspirada por la tradición de la Antigüedad.
En su obra, que es un brillante ensayo filosófico sobre el absurdo de la vida, Albert Camus nos comparte su predilección por Sísifo con esa imagen del hombre contemporáneo que encuentra su grandeza en no aceptar el destino que lo oprime.
Con el Mito de Sísifo, Camus  busca aclarar la condición humana de su tiempo, intenta describir y justificar la infelicidad de los hombres y propone un título a la moral “del rechazo” desarrollado en su texto. Con el telón de fondo de un mito homérico, Camus acerca su concepción del hombre, a un personaje legendario que ilustra, según él, el destino y desarrollo de la vida humana. Recurre al relato imaginario para abordar un tema caro a su corazón y crucial en su obra: la búsqueda de la felicidad y la razón.
Camus quiso honrar la literatura mítica -en una adaptación moderna- por la imitación de un relato antiguo y el sentido que le confiere, de una modernidad que revolucionará el fondo y el desenlace de la trama legendaria.
Entonces, el hombre “absurdo” de Camus, no es más que un ser que toma conciencia de su destino decepcionante, frustrado con la vida que lleva, desgarrado entre necesidad y  coherencia, lógica y desorden del mundo que vive. Lo que Albert Camus persigue -rehabilitar la vida en tanto que valor significativo en ella misma- lo empujó a definir, con lucidez, ese malestar del espíritu y además a proponer un modelo individual de ética, con ese héroe del absurdo que es Sísifo.
En su libro, Albert Camus nos dice que es absurda la condición exiliada del hombre, porque es extraña a los deseos más profundos del espíritu. Así, según él, el impulso esencial de la naturaleza humana, el éxito del destino de su Ego, es apropiarse del mundo, con una seguridad congruente entre sus aspiraciones racionales y la realidad. Pero en ese universo donde todo se da y nada se explica, la sed de transparencia, que garantizaría la completa plenitud del que busca, es contrarrestada por la irremediable incoherencia de la existencia.
La conciencia trágica del estado insensato de su ser que desea en ósmosis con su vida -unión con el mundo y el hombre en la solidaridad y los valores trascendentales- por haberse enfrentado con el sufrimiento, sentido la monotonía de todos los días, renunciado a la existencia de Dios y concebido la muerte como la negación de todo valor. Para el hombre nada asegura su felicidad, ni antes, ahora o después, porque la realidad es totalmente irracional.
De ahí la frase de apertura del Mito de Camus, que es una de las más conocidas de la literatura contemporánea: “no hay sino un problema filosófico realmente serio, es el suicidio”.
El hombre de Albert Camus, aproximándose a uno de los héroes homéricos, es entonces un ser que acepta vivir su destino retándolo heroicamente, indiferente al futuro, lúcido y digno en y por el absurdo, rechazando todo consuelo sobrenatural, sostenido por su inquebrantable resolución, de no aflojar su posición de rebelde.
El Sísifo de la Antigüedad, es un enamorado de la tierra y consciente de la estupidez del castigo que los Dioses le han infligido porque quiso en demasía contener y abrazar las delicias de la tierra. Así el hombre absurdo de Albert Camus es también Tántalo atormentado, Prometeo encadenado y Sísifo con su roca, todos desafiando desde su humanidad a esos Dioses crueles que los han castigado. En fin, el mundo mítico de Homero en todo su esplendor.

Maggy COLLARD; Sisyphe Histoire d'une liberté (Lovaina,  Mayo 1 de 2002)

Fundación El Libro Total.   Proyecto sin ánimo de lucro.
Proyecto cultural de SYC S.A. Versión 2010.4.1

jueves, 17 de enero de 2013

¿LA MUERTE NOS HUMANIZA?


 

“...en mi caso fue la revelación de la muerte –de mi muerte- como certidumbre lo que me hizo ponerme a pensar. Y es que la evidencia de la muerte no sólo le deja a uno pensativo, sino que le vuelve a uno pensador. Por un lado, la conciencia de la muerte nos hace madurar personalmente: todos los niños se creen inmortales (los muy pequeños incluso piensan que son omnipotentes y que el  mundo gira a su alrededor; salvo en los países o en las familias atroces donde los niños viven desde muy pronto amenazados por el exterminio y los ojos infantiles sorprenden por su fatiga mortal, por su anormal veteranía…), pero luego crecemos cuando la idea de la muerte crece dentro de nosotros. Por otro lado, la certidumbre personal de la muerte nos humaniza, es decir nos convierte en verdaderos humanos, en “mortales”. Entre los griegos “humano” y “mortal” se decía con la misma palabra, como debe ser.

            Las plantas y los animales no son mortales porque no saben que van a morir, no saben que tienen que morir: se mueren pero sin conocer nunca su vinculación individual, la de cada uno de ellos, con la muerte. Las fieras presienten el peligro, se entristecen con la enfermedad o la vejez, pero ignoran (¿o parece que ignoran?) su abrazo esencial con la necesidad de la muerte. No es mortal quien muere, sino quien está seguro de que va a morir. Aunque también podríamos decir que ni las plantas ni los animales están por eso mismo vivos en el mismo sentido en que lo estamos nosotros. Los auténticos vivientes somos sólo los mortales, porque sabemos que dejaremos de vivir y que en eso precisamente consiste la vida. Algunos dicen que los dioses inmortales existen y otros que no existen, pero nadie dice que estén vivos: sólo a Cristo se le ha llamado «Dios vivo» y eso porque cuentan que encarnó, se hizo hombre, vivió como nosotros y como nosotros tuvo que morir.”

Fernando Savater, Las preguntas de la vida, Barcelona, Ariel, 2005, pp.31-32.
 

ACTIVIDADES

1.      ¿Estás de acuerdo con Platón, cuando afirma en el Fedón, a través del personaje Sócrates, que filosofar es “prepararse para morir”? ¿Pensar en la muerte es algo negativo? Razona la respuesta.

2.      ¿Se puede decir que los animales son mortales, en el mismo sentido que los seres humanos? Razona la respuesta.

3.      ¿Por qué afirma Savater que “la certidumbre personal de la muerte nos humaniza”? ¿Estás de acuerdo con dicha afirmación?

4.      ¿Hay alguna relación entre la muerte, el destino y “el sentido de la vida”? Razona la respuesta haciendo uso de “mitos” en tus argumentos.

5.      Investiga sobre el filósofo griego Epicuro de Samos y su opinión sobre “el miedo a la muerte. ¿Estás de acuerdo con dicho filósofo? ¿Qué alternativa ofrecen algunas religiones al respecto?

PARA LO QUE HE VIVIDO (Bertrand Russell, Autobiografía)

         
         
           Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.
           He buscado el amor, primero, porque comporta el éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de ese gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que la conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.
          Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber porqué brillan las estrellas. Y he tratado de aprender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.
           El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos, desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.
           Esto ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

Bertrand Russell, Autobiografía, tomo II, Madrid, Aguilar, 1968, pp. 11-12.